Por: Ricardo Abud
Venezuela posee riquezas que muchas naciones envidiarĆan. El subsuelo rebosa de petróleo, los campos fertilizan con abundancia, los minerales descansan en montaƱas que tocan el cielo. Y sin embargo, el paĆs estĆ” hundido en la miseria.
No es una contradicción sin explicación. Es el retrato mÔs cruel de lo que sucede cuando la riqueza material se convierte en maldición en manos de quienes carecen de lo mÔs fundamental: educación, cultura, inteligencia para administrar.
Tener dinero no es tener riqueza verdadera. La riqueza autĆ©ntica reside en la capacidad de entender, de pensar, de gobernar con criterio. Un paĆs puede nadar en petróleo y morir de hambre si quienes lo administran no saben quĆ© hacer con lo que tienen entre las manos. Venezuela es la prueba viva de esta verdad que duele: los recursos naturales sin la inteligencia para gestionarlos no valen absolutamente nada. Peor aĆŗn, se convierten en instrumento de corrupción, de mediocridad, de decadencia.
La pregunta que debe formularse todo venezolano es simple pero devastadora: ¿de quĆ© sirve tener millones si no se sabe administrarlos? ¿De quĆ© vale la abundancia si se desperdicia, se roba, se dilapida por ignorancia y falta de capacidad? La respuesta es aterradora: de nada. Absolutamente de nada.
Venezuela ha descuidado deliberadamente, durante dĆ©cadas, la formación de su gente. No es un accidente. Es una elección. Un paĆs que no invierte en educación, que no cultiva a sus ciudadanos, que no promueve el pensamiento crĆtico, se condena a sĆ mismo a la mediocridad perpetua. Si levantas tu voz lo mĆ”s probable es que te castiguen por ello.
Los pasillos del poder estÔn repletos de personas que llegaron a ocupar cargos de inmensa responsabilidad sin poseer la formación necesaria. Hombres y mujeres sin preparación, sin estudios, sin la menor noción de cómo se administra un patrimonio o se gobierna una nación. Se sientan en despachos de alto nivel, con acceso a recursos millonarios, sin tener idea de lo que hacen. Es como poner a un niño a pilotar un avión de pasajeros. El desastre es inevitable.
La Asamblea Nacional se ha convertido en un retablo de la incompetencia. AsambleĆstas (no todos, no pretendo generalizar) sin formación acadĆ©mica sólida, sin experiencia, sin visión, o graduados en universidades, pero vulgarmente mediocres. Toman decisiones que afectan la vida de millones basĆ”ndose en ignorancia, en conveniencia polĆtica, en intereses personales. Y nadie los detiene. Nadie exige que estĆ©n preparados para los cargos que ocupan.
Lo mƔs peligroso no es un funcionario corrupto que roba. Lo mƔs peligroso es un funcionario ignorante que roba y ni siquiera entiende el daƱo que causa. La incultura en los espacios de poder no es solo un problema administrativo. Es una catƔstrofe moral.
Un hombre sin formación que maneja millones es un desastre en potencia. Puede destrozar industrias, empobrecer regiones enteras, arrastrar a familias a la miseria, todo sin entender realmente las consecuencias de sus actos. La ignorancia es el mejor aliado de la corrupción. Se refuerzan mutuamente. El que no sabe cómo funciona la economĆa serĆ” incapaz de detectar sus propios desvĆos. El que no ha estudiado Ć©tica ni filosofĆa justificarĆ” sus robos con cualquier sofisma.
Venezuela ha vivido este ciclo durante mĆ”s de un siglo. En la Ć©poca de Gómez, hombres sin preparación, caudillos sin cultura, gobernaban con el puƱo. Saqueaban, enriquecĆan sus bolsillos, y el paĆs se emporecĆa. Los aƱos pasaron. Llegaron nuevos lĆderes, nuevas promesas, nuevas esperanzas. Pero el patrón se repitió. Y se sigue repitiendo.
Porque mientras no exista un compromiso real con la educación, mientras no se exija que quienes ocupen cargos pĆŗblicos de responsabilidad sean personas preparadas, cultas, capaces de pensar, Venezuela seguirĆ” siendo un paĆs pobre. SeguirĆ” siendo un paĆs miserable. La riqueza del suelo no salvarĆ” a sus habitantes. Solo la riqueza de la mente puede hacerlo.
Es difĆcil decirlo con claridad, pero debe decirse: Venezuela es pobre. No porque sus tierras sean Ć”ridas o sus recursos escasos. Es pobre porque quienes la gobiernan, quienes toman decisiones, quienes manejan su dinero, no tienen la formación, la cultura ni la capacidad intelectual para hacerlo bien. Y mientras esto siga siendo asĆ, mientras se tolere que personas sin preparación ocupen posiciones de poder, mientras se celebre la mediocridad en lugar de exigir excelencia, Venezuela seguirĆ” siendo un paĆs miserable.
La solución no estÔ en la riqueza. La solución estÔ en transformar la mente colectiva. En valorar la educación. En exigir que quienes nos gobiernen sean personas preparadas, cultas, capaces. Hasta que eso no suceda, hasta que Venezuela decida invertir en la formación de su gente, el petróleo seguirÔ siendo solo una maldición.
NO HAY NADA MĆS EXCLUYENTE QUE SER POBRE

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