La necesidad de unidad: el reagrupamiento de la izquierda anticapitalista

Miércoles, 15 de abril de 2009
La necesidad de unidad: el reagrupamiento de la izquierda anticapitalista
Por: Oscar Simón y Miguel Sanz

La Hiedra para Kaos en la Red

El reagrupamiento de la izquierda anticapitalista es totalmente necesario y más en estos momentos de crisis, en que los ataques a las condiciones de vida de la población serán más frecuentes.

En números anteriores de la Hiedra se han analizado diferentes experiencias políticas antineoliberales o anticapitaslitas que se están dando en Europa. Desde el Bloco d’Esquerda en Portugal, el Die Linke en Alemania, Respect en Inglaterra, el Scotish Socialist Party, Rifundazione Comunista en Italia o el Nuevo Partido Anticapitalista en Francia. A pesar de las diferencias en todos estos casos, sectores diversos de la izquierda radical han sido capaces de trabajar para superar la atomización y construir polos de atracción y vectores de organización para amplias capas de la sociedad.

Sin embargo, en el Estado español eso no se está dando. El reagrupamiento de la izquierda anticapitalista es totalmente necesario y más en estos momentos de crisis, en los que los ataques a las condiciones de vida de la población con menos renta son y serán más frecuentes y drásticos.

El declive de la izquierda radical
En el periodo que va desde mediados de los años 70 hasta el referéndum de la OTAN, es decir, en 1986, en el Estado español existía una de las izquierdas revolucionarias más importantes de Europa. A la izquierda del Partido Comunista de España (PCE) podíamos encontrar organizaciones con miles de afiliados. Organizaciones que se declaraban abiertamente revolucionarias como el Movimiento Comunista (MC), de origen maoísta que evolucionó hacia un marxismo más ecléctico, la Liga Comunista Revolucionaria de inspiración trotskista, o el entorno de la izquierda abertzale, que aglutinaba tanto a la organización armada como diferentes frentes de masas. Dejando al margen la situación especial de la izquierda en Euskal Herria, puede decirse que hoy, en el Estado español, no existe ninguna organización radical que encuadre en sus filas más de unos cientos de afiliados distribuidos irregularmente por el territorio.

La desarticulación de la izquierda es un proceso ligado a la desmovilización acaecida en el devenir de la Transición. Un fenómeno que fue llamado “desencanto” y que respondía a la sensación que, después del fin pactado del franquismo, las cosas no habían cambiado tanto. Había gente procedente del franquismo, aunque reformada, en el gobierno, se reconocía la monarquía, no se reconocían los derechos democráticos de las naciones y se firmaban tanto los pactos de la Moncloa, como el estatuto de los trabajadores que sentó las bases de la precariedad actual.

La clase trabajadora que se había dejado la piel batallando contra el franquismo vio como sus principales dirigentes les abandonaban a cambio de la santificada estabilidad. Ciertamente hubo resistencia entre las bases del PSOE y, sobre todo, del PCE. El mismo día que se firmaban los pactos de la Moncloa, miles de obreros de la SEAT salieron a la calle a protestar contra la traición del PSOE y el PCE, y contra la política seguidista de UGT y CCOO. No es que las organizaciones revolucionarias se vendieran o se fueran a casa. Grupos como la LCR o el MC perdieron gran parte de su entorno y sufrieron terriblemente la declinación del movimiento en la etapa de la post-transición. Muchos militantes se vieron decepcionados por el auge de la socialdemocracia. La desmoralización de las bases del PCE, sobre todo, dejó casi solos en la pelea a los miles de militantes revolucionarios que, aunque hoy puedan parecernos muchos, eran insuficientes para llevar adelante la ruptura con el régimen franquista.

La retirada de las calles del enorme movimiento vecinal, el abandono de la confrontación como método para conseguir mejoras laborales llevada a cabo por las principales centrales sindicales, fue un duro golpe para los revolucionarios y revolucionarias del Estado español. La sociedad volvió a la “calma”, el nivel de combatividad generalizado bajó, el cuestionamiento por parte de amplias capas de la población y el status quo dejó paso a una aceptación resignada de la realidad. La esperanza de una ruptura radical se esfumaba en el aire y el hecho de pertenecer a una organización revolucionaria empezó a dejar de tener sentido para muchos militantes.

No obstante, hasta mediados de los 80, el MC y la LCR mantuvieron una base amplia y fueron capaces de lanzar iniciativas como la Plataforma Cívica por la salida de la OTAN, que obligó al gobierno de González a convocar un referéndum que, si bien se perdió por poco, supuso una enorme movilización social que obligó al PSOE a utilizar todos los medios disponibles; incluso una interrupción del programa de deportes Estudio Estadio, de máxima audiencia por aquel entonces, para intentar cambiar el signo del voto.

A raíz de la campaña anti-OTAN de 1984-1986, en la que participó toda la izquierda, desde el PCE hasta la izquierda revolucionaria, se fundó Izquierda Unida (IU), que pese a contar con unos principios esperanzadores, acaba apostando principalmente por la vía institucional. Esto, junto a su incapacidad para afrontar realmente la complejidad nacional del Estado español, llevó a la coalición a dejar de ser un referente político para las capas radicalizadas de la sociedad y a convertirse la mayoría de las veces en muleta para apoyar gobiernos del PSOE. La imposición de sucesivas reconversiones industriales y de un estatuto de los trabajadores insuficiente, así como de su reforma en 1984, que abrió las puertas a la precariedad actual, supusieron la culminación de la victoria de las clases dominantes en la Transición. Fue el cierre de un periodo de luchas enormes con un balance desastroso para las filas revolucionarias. El cúmulo de derrotas supondría casi la desaparición de las organizaciones revolucionarias más importantes y la atomización de sus restos. En 1991, el MC y la LCR se unifican. Sin embargo, un contexto político muy desfavorable a las ideas revolucionarias y la falta de entendimiento entres los militantes provinentes de cada partido llevaron al descalabro del proyecto. Algunos militantes del MC pasaron a las ONGs y otros al movimiento okupa, antimilitarista o feminista, y la gente que quedava de la LCR crearon Espacio Alternativo (EA), que acabarían entrando en IU, con una confusión teórica importante sobre el marxismo.

La década de los 90, que se inició con la caída del muro de Berlín y del bloque soviético, ahondó en la desmoralización de gran parte de la izquierda de inspiración estalinista y trotskista ortodoxa, y de muchos trabajadores y trabajadoras, que percibían la URSS como una esperanza, desde nuestro punto de vista vana. Esta década significaría el abandono por parte de la mayoría de los activistas de las ideas marxistas y del surgimiento de nuevas formas de organización más allá de los partidos y sindicatos clásicos. Las ONGs y los grupos de solidaridad se convertirían en el referente principal para la gente que quería cambiar el mundo.

Una nueva esperanza
Desde la campaña por el 0.7% y por la abolición de la deuda se fue generando un sentimiento de rechazo al capitalismo global, que tuvo un primer hito importante en la rebelión zapatista de 1994 contra el Tratado de Libre Comercio entre México y EEUU, y que no estalló hasta la batalla de Seattle en 1999, donde el movimiento antiglobalización se presentó ante el mundo bloqueando la cumbre de la Organización Mundial del Comercio. Este movimiento que continuaría en Praga, Niza, Génova y que se extendería a lo largo y ancho del planeta, nació con tres características claves.

Por un lado, rompía con la idea del fin de la historia y del capitalismo global como único sistema mediante la consigna “Otro Mundo es Posible”. Por otro, tenía un carácter unitario, desde los protectores de las tortugas hasta los y las sindicalistas de base. Por último, recuperaba las calles cómo escenario político adaptando cuando convenía tácticas radicales de enfrentamiento directo con las fuerzas represivas. Cuando todo parecía perdido renació la esperanza. Toda una nueva generación de activistas se politizó viajando para bloquear el G8 u oponiéndose a la guerra de Irak. En el Estado español tuvieron lugar movilizaciones enormes, como la manifestación contra la Cumbre de la UE en Barcelona el 16 de Marzo de 2002, las grandes manifestaciones del 15 de febrero de 2003 contra la guerra de Irak o las concentraciones frente a las sedes del PP el 13 de Marzo de 2004, el día antes de las elecciones, exigiendo la verdad sobre los atentados del 11-M.

Durante este período las pequeñas organizaciones anticapitalistas y revolucionarias aportaron activistas e ideas capaces de encender la llama. No obstante en los momentos cumbres del periodo de luchas estas pequeñas organizaciones revolucionarias se vieron superadas por los acontecimientos. Su debilidad estructural les impidió atraer y encuadrar a los miles de activistas que tomaban las calles. En otros países europeos como Francia, Inglaterra o Alemania, la existencia de organizaciones más grandes, como la Ligue Comunista Revolucionaire, el Socialist Workers Party o el WASG fueron capaces de encuadrar en sus filas a nuevos activistas y de servir de núcleo de condensación para proyectos más amplios y capaces de agrupar a diferentes tendencias políticas. Así, nacen Respect, el Nouveau Parti Anticapitaliste (NPA) o el Die Linke, cuyas diferencias y balances analizan Manel Ros en el número marzo y Andy Durgan en un artículo en junio de 2008 de la Hiedra (ambos disponibles en www.enlucha.org).

En el Estado español, las enormes movilizaciones no se han traducido de manera generalizada en organización. En muchos momentos el movimiento fue de los más importantes del mundo. La potencia del movimiento ligado al ambiente antiPP parecía convertir en innecesarias a las organizaciones revolucionarias. Por otro lado, el desprestigio de los diferentes partidos  comunistas y de los sindicatos de color rojo se extendía a casi todo el acervo ideológico marxista. Además, el predominio de las ideas autónomas, que rechazan radicalmente ciertas formas de organización, entre las capas más radicalizadas, fue un obstáculo ideológico que provocó no pocas fricciones dentro del movimiento.

Después de la victoria del PSOE sobre el PP, la socialdemocracia se retiró de las calles y los activistas anticapitalistas se retiraron en cierta medida a sus círculos políticos. No obstante, se mantuvieron ciertos canales de comunicación y, lo que es más importante, la idea de que la unidad nos hace fuertes y la experiencia positiva del trabajo unitario seguía estando en las retinas de muchos activistas. Esto se demostró en el éxito de los Foros Sociales en Barcelona, con el Fòrum Social Català, y en Madrid, con el Foro Social Mundial de Madrid o del mantenimiento del Foro Social de Sevilla cómo órgano unitario para impulsar movilizaciones.

La consciencia sobre la necesidad de articular alternativas políticas está tomando diferentes formas. Algunas más tímidas, como el Tercer Espacio en Madrid, y otras más avanzadas, como los diversos tipos de candidaturas municipalitas en Catalunya, pasando por la decisión de Espacio Alternativo —hoy ya Izquierda Anticapitalista (IA)— de presentarse en solitario a las elecciones europeas. Otra experiencia muy interesante, de otro perfil, con más peso y ya con muchos años de trayectoria, es el Colectivo de Unidad de los Trabajadores en Andalucía, con ejemplos tan paradigmáticos como el de Marinaleda. Sin duda, la CUT jugará un papel clave en el reagrupamiento, aunque todavía optan por dar la batalla e invertir energías dentro de IU, restando fuerzas y margen de maniobra en su relación con el resto de la izquierda anticapitalista. En las líneas siguientes vamos a centrarnos en las candidaturas municipalistas en Catalunya y en Izquierda Anticapitalista.

Otro Municipalismo es Posible
El trabajo municipalista es el más propicio para la izquierda anticapitalista, ya que al estar más pegada al terreno mediante la participación en las luchas, le permite entrar en contacto directo con amplias capas de la población. Esta tendencia se puede constatar tanto en la implantación municipal de la izquierda abertzale, la trayectoria de la CUT o el crecimiento de las CUP (Candidatura d’Unitat Popular) en las últimas municipales

Algunos activistas de En lluita estamos participando en la construcción de la futura CUP en Barcelona. Claramente es un proyecto nacido de la izquierda independentista catalana, que, sin embargo, ante la tarea de construir en Barcelona se ha planteado la necesidad de trabajar junto al resto de la izquierda anticapitalista y social de la ciudad. La CUP se plantea convertirse en una herramienta de lucha en el terreno municipal. Tanto en el campo ideológico, proponiendo una alternativa posible a la ciudad neoliberal, como en el electoral, ofreciendo una posibilidad a la izquierda de una supuesta “izquierda” totalmente comprometida con el proyecto de la clase capitalista que significa el modelo Barcelona. Todo ello desde la máxima humildad y sabiendo de la dificultad de la tarea. En aras de asumir este objetivo las personas que participan en el proyecto de la CUP en Barcelona se plantearon dos retos estratégicos.

Primer reto: superar la atomización para ser eficaces. Existen núcleos de activistas anticapitalistas organizados en torno a organizaciones o colectivos pequeños. Estos activistas entienden que aunque hoy por hoy las organizaciones son pequeñas, las ideas que defienden son fundamentales para impulsar organizaciones más grandes y con más alcance e influencia en nuestra sociedad. Por lo tanto, dado el pequeño tamaño de la izquierda anticapitalista organizada en la ciudad, la construcción de un referente unitario es imprescindible para atraer a capas amplias de la sociedad que rechazan el sistema pero que no ven una alternativa en las organizaciones actuales.

Esta construcción debe involucrar a organizaciones que llevan años trabajando de manera unitaria, así como a los movimientos sociales. Esta confluencia, si bien debe acarrear un debate político profundo sobre el que sustentar unas bases sólidas, no supone dificultades insuperables. De hecho, la necesidad de articular espacios políticos unitarios se ha dado en diferentes lugares y bajo diferentes formas. Hoy, después de años de acción común, sólo se puede argumentar que esto es inviable desde cierto grado de sectarismo o pesimismo.

Segundo reto: no sustituir sino aglutinar. La izquierda anticapitalista ha cometido muchos errores en el pasado. Uno de los más frecuentes han sido los intentos de subordinar tanto el programa como los tiempos de los movimientos sociales a la organización, sobre todo en el caso de las contiendas electorales. El nuevo referente anticapitalista debe servir, por un lado, para dar batalla en el campo electoral, para servir de altavoz a los movimientos sociales, para mejorar la capacidad de respuesta frente al sistema, e incluso para ayudar a pasar a la ofensiva. Sin organizaciones radicales grandes se tardan meses en articular campañas, e incluso, a veces, no se consigue del todo. Esto lo estamos viendo en estos momentos de crisis en los que somos incapaces de frenar los despidos y los desahucios. Ahora bien, en ningún caso, bajo ningún concepto, la organización debe arrogarse la representatividad de los movimientos en los que participa. Estos deben ser espacios unitarios en los que trabajar de manera coordinada con sectores diversos. La organización nunca puede suplantar al conjunto del movimiento ni imponerse sobre él.

Para En lucha esta orientación es esencialmente correcta. Esto no quiere decir que no existan dificultades, como el balance entre el independentismo y el resto de sensibilidades actuales y futuras o la harmonización de las diferentes posiciones respecto al proceso de articulación nacional de las diferentes CUPs en los Països Catalans. Sin embargo no es descabellado pensar que en 2011 se pueda plantear una candidatura municipal rupturista a la izquierda de la izquierda en Barcelona, pero para ello necesitamos trabajar con la máxima unidad. Este trabajo podría interpretarse como un caso especial de frente único. (Ver artículo de la página 20)

La candidatura de Izquierda Anticapitalista
Tras la desintegración de la LCR a principios de los años 90, un núcleo de antiguos militantes de esta organización, junto con personas procedentes del movimiento ecologista y del socialismo no estalinista, impulsaron a mitad de esa década la corriente Espacio Alternativo dentro de IU. Posteriormente, EA va distanciándose de IU y sectores que habían participado en su fundación abandonan la corriente en este proceso. Como muchas otras organizaciones situadas a la izquierda de IU, EA se sumergió de lleno en la oleada antiglobalización y antiguerra desde el año 2000 a 2004, y participaba allá donde tenía presencia en el proceso de construcción de espacios unitarios y plataformas, que serán la base organizativa de fondo del movimiento y que funcionarán como polos de atracción de nuevos activistas jóvenes durante estos años. En la nueva fase que se abría con la victoria del PSOE en las elecciones de 2004, EA prosigue su gestación hacia una organización con un perfil más definido y hacia un modelo de estructura interna más cohesionado. A finales de 2008, la organización consuma su salida orgánica de IU, para adoptar a continuación el nombre de Izquierda Anticapitalista y anunciar su intención de participar con una candidatura propia en las elecciones europeas de 2009.

La iniciativa de Izquierda Anticapitalista resulta audaz y esperanzadora. Abre el camino para un posible reagrupamiento de la izquierda anticapitalista en el Estado español. Desde En Lucha mantenemos discrepancias sobre la orientación práctica y la ambigüedad del discurso de este proyecto, pero estamos completamente abiertos al apoyo y la participación en la iniciativa. Así lo hemos expresado públicamente y en los encuentros mantenidos con IA.

Tanto la elección del nombre Izquierda Anticapitalista como la línea argumental de los comunicados públicos de la organización parecen orientarse hacia una dirección inequívocamente amplia, de encuentro y construcción común. Según el manifiesto de apoyo a la candidatura a las elecciones europeas de 2009: “[…] Esa alternativa no existe y queremos contribuir a construirla. Sabemos que es una tarea arriesgada y difícil, que llevará mucho esfuerzo durante mucho tiempo y que sólo llegará a buen puerto si convergen en ella, desde sus propias experiencias, organizaciones e ideas, quienes ahora comparten ya las críticas radicales y las luchas contra este sistema, pero aún no un proyecto político anticapitalista alternativo”. Este discurso se acompaña, sin embargo, de la afirmación de que no ha habido suficiente trabajo común entre los diferentes colectivos de la izquierda radical y de que no existen espacios lo suficientemente unitarios y amplios sobre los que apoyar, desde hoy, este proyecto de convergencia. Esto es discutible, existen espacios de convergencia y trabajo político común entre IA y otras organizaciones de la izquierda revolucionaria del Estado como para impulsar un polo que vaya dándole más potencia a la proposición de reagrupamiento entre otros sectores de la izquierda. Existen espacios unitarios en las principales ciudades del Estado que podrían participar en la construcción, en el apoyo o en la elaboración de un programa de acción para un nuevo referente político amplio y anticapitalista.

Además, cada vez más activistas del movimiento anticapitalista entienden la necesidad de construir un referente político que pueda ampliar el horizonte estratégico de los movimientos sociales y la izquierda combativa. La decisión tomada por IA de situarse en el centro de la iniciativa, en solitario, y de autoconstruirse vía adhesiones individuales y aprovechando el tirón del NPA, aunque totalmente legítima, nos parece insuficiente. Aun así un buen resultado de IA sería beneficioso para todo el movimiento. El efecto positivo no sólo se queda ahí, el proceso de recogida de firmas está ayudando a la aparición de grupos locales anticapitalistas en lugares donde hasta ahora no había movimiento. Incluso la Junta Electoral Central (JEC) está cambiando el reglamento para no aceptar las firmas necesarias para la presentación de la candidatura. La intención del PSOE de aprobar una ley destinada a pedir fianzas económicas a las organizaciones que quieran presentar una candidatura muestra una vez más el carácter limitado de esta “democracia”. Desde En Lucha consideramos inaceptables las limitaciones de la JEC y entendemos que no es momento para rivalidades entre las y los anticapitalistas. Defendemos la necesidad de sumar esfuerzos y el derecho democrático de IA a poder presentarse, y reiteramos una vez más, como hemos hecho en otras ocasiones, nuestra voluntad para colaborar e impulsar esta iniciativa.

Miguel Sanz y Oscar Simón son militantes de En lucha


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