EnseƱanzas de Brasil

Lunes, 16 de marzo de 2009
EnseƱanzas de Brasil
Por: Immanuel Wallerstein
La Jornada

Me parece que estamos ante dos ocasiones que requieren dos planes para la izquierda mundial, y en particular para la izquierda estadunidense. La primera ocasión es el corto plazo. El mundo se encuentra en una profunda depresión, que únicamente habrÔ de empeorar, por lo menos en el próximo o en los próximos dos años.

El corto plazo inmediato es lo que le concierne a la mayorĆ­a de la gente que enfrenta el desempleo, un ingreso seriamente disminuido y en muchos casos el no contar con un lugar donde vivir. Si los movimientos de izquierda no cuentan con un plan para este corto plazo, no pueden conectarse en ningĆŗn modo significativo con la mayorĆ­a de la gente.
La segunda ocasión es la crisis estructural del capitalismo como sistema-mundo, que encara, en mi opinión, su defunción cierta en los próximos 20 o 40 aƱos. Ɖste es el mediano plazo. Si la izquierda no cuenta con un plan para este mediano plazo, lo que remplace al capitalismo como sistema-mundo serĆ” algo peor, probablemente mucho peor que el terrible sistema en el que hemos vivido durante los cinco siglos previos.

Las dos ocasiones requieren tĆ”cticas diferentes, pero combinadas. ¿CuĆ”l es nuestra situación en el corto plazo? Estados Unidos ha elegido a un presidente centrista, cuyas inclinaciones se hallan algo a la izquierda del centro. La izquierda, o la mayor parte de ella, votó por Ć©l por dos razones. La alternativa era peor –de hecho, mucho peor. AsĆ­ que votamos por el mal menor. La segunda razón es que pensĆ”bamos que la elección de Obama le abrirĆ­a espacio a los movimientos sociales de izquierda.

El problema que enfrenta la izquierda no es nuevo. Tales situaciones son la cuota estĆ”ndar. Roosevelt en 1933, Attlee en 1945, Mitterrand en 1981, Mandela en 1994, Lula en 2002, fueron todos los Obamas de su tiempo y lugar. Y la lista podrĆ­a expandirse al infinito. ¿QuĆ© hace la izquierda cuando estas figuras decepcionan, como casi todas lo hacen, ya que todas son centristas, aunque sean de centroizquierda?

Desde mi punto de vista la Ćŗnica actitud sensata es aquella asumida por el enorme, poderoso y militante Movimiento de los sin Tierra (MST) en Brasil. El MST respaldó a Lula en 2002, y pese a que no cumplió lo que habĆ­a prometido, respaldaron su relección en 2006. Lo hicieron con pleno conocimiento de las limitaciones de su gobierno porque la alternativa era, claramente, peor. Sin embargo, lo que tambiĆ©n hicieron, fue mantener una presión constante sobre el gobierno –reuniĆ©ndose con Ć©l, denunciĆ”ndolo pĆŗblicamente cuando lo merecĆ­a y organizĆ”ndose en el terreno contra sus fallas.

El MST serĆ­a un buen modelo para la izquierda estadunidense si tuviĆ©ramos algo comparable en tĆ©rminos de un movimiento social fuerte. No lo tenemos, pero eso no deberĆ­a frenarnos de intentar confeccionar uno a partir de varios retazos, del mejor modo que podamos, como lo hace el MST —y presionar a Obama abierta, pĆŗblica y duramente todo el tiempo, y por supuesto alabarlo cuando hace lo correcto. Lo que queremos de Obama no es la transformación social. Ɖl tampoco quiere eso, ni estĆ” en posibilidad de ofrecernos eso. De Ć©l queremos medidas que minimicen el dolor y el sufrimiento de la mayorĆ­a de las personas, ahora. Eso sĆ­ lo puede hacer, y es ahĆ­ donde ejercer presión sobre Ć©l hace una diferencia.

El mediano plazo es bastante diferente. y aquĆ­ Obama es irrelevante, como son todos los otros gobiernos de centroizquierda. Lo que ocurre es la desintegración del capitalismo como sistema-mundo, no porque no pueda garantizar el bienestar de la vasta mayorĆ­a (nunca ha podido hacer eso) sino porque ya no puede asegurar que los capitalistas tengan la incesante acumulación de capital que es su raison d’ĆŖtre. Hemos arribado a un momento en que ni siquiera los capitalistas con mirada de mĆ”s alcance ni sus oponentes (nosotros) estamos intentando preservar el sistema. Ambos intentamos establecer un nuevo sistema, pero por supuesto nosotros tenemos ideas muy diferentes, de hecho radicalmente opuestas, acerca de la naturaleza de un sistema asĆ­.

Dado que el sistema se ha apartado mucho de su equilibrio, se volvió caótico. Vemos alocadas fluctuaciones en todos los indicadores económicos usuales –los precios de las mercancĆ­as, el valor relativo de las divisas, los niveles impositivos reales, la cantidad de artĆ­culos producidos y comerciados. Debido a que nadie sabe dónde cambiarĆ”n estos indicadores, prĆ”cticamente de dĆ­a a dĆ­a, nada se puede planear con sensatez.

En tal situación, nadie estÔ seguro de qué medidas serÔn mejores, no importa cuÔl sea su política. Esta confusión intelectual prÔctica se presta a que exista una demagogia desatada de todas clases. El sistema se estÔ bifurcando, lo que significa que en 20 o 40 años habrÔ algún nuevo sistema, que crearÔ orden a partir del caos, pero no sabremos qué sistema serÔ éste.

¿QuĆ© podemos hacer? Primero que nada, debemos estar claros de quĆ© batalla se trata. Es una batalla entre el espĆ­ritu de Davos (en pos de un nuevo sistema que no es capitalismo pero que sin embargo es jerĆ”rquico, explotador y polarizante) y el espĆ­ritu de Porto Alegre (un nuevo sistema relativamente democrĆ”tico y relativamente igualitario). No hay mal menor aquĆ­. Es uno o el otro.

¿QuĆ© nos queda hacer? Promover una claridad intelectual acerca de la opción fundamental. Luego organizarnos en miles de niveles y miles de modos para impulsar las cosas en la dirección correcta. El punto primordial es impulsar una desmercantilización de todo lo que podamos desmercantilizar. Lo segundo es experimentar con todos los tipos de nuevas estructuras que hagan mĆ”s sentido en tĆ©rminos de justicia global y sanidad ecológica. Y la tercera cosa que debemos hacer es alentar un optimismo sobrio. Estamos muy lejos de tener la certeza de una victoria. Pero es posible.

AsĆ­ que, resumiendo, trabajar en el corto plazo en minimizar el dolor, y en el mediano plazo en garantizar que emerja un nuevo sistema que sea mejor, no peor. Pero esto Ćŗltimo tiene que hacerse sin triunfalismo y sabiendo que la lucha serĆ” tremendamente difĆ­cil.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

http://www.jornada.unam.mx/2009/03/15/index.php?section=opinion&article=026a1mun


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