Lunes, 23 de marzo de 2009
El Plan Keynes resucita en AmƩrica Latina
Por: Ricardo Molero Simarro y Alberto Montero Soler
Rebelión
La crisis económica mundial que estamos viviendo tiene su origen último en la posición privilegiada que EE.UU. logró durante la segunda mitad del siglo XX en el sistema monetario y financiero mundial.
La aprobación de los Acuerdos de Bretton Woods de 1944, con la adopción del patrón dólar-oro para regir las relaciones económicas internacionales, supuso el reconocimiento de la posición de EE.UU. como potencia capitalista hegemónica. Este statu quo quedó reafirmado despuĆ©s de la ruptura de dicho patrón, que constituĆa uno de los pilares de Bretton Woods, tras la declaración de no-convertibilidad del dólar en oro hecha por el presidente Nixon en 1971. A partir de ese momento EE.UU. reforzó aĆŗn mĆ”s su posición de privilegio al pasar el dólar a convertirse en “divisa-clave” y principal activo de reserva a nivel internacional. Gracias a ello, y a la continua atracción de recursos financieros internacionales que ejerció Wall Street desde al menos los aƱos ochenta, EE.UU. ha podido permitirse la “exportación” de sus desequilibrios macroeconómicos, tanto internos como externos, al resto del mundo.
Esta situación, unida a la liberalización de los movimientos de capital a nivel internacional, ha permitido la profundización del proceso de financiarización que actualmente domina la economĆa mundial. Un proceso que ha conseguido una autĆ©ntica subordinación de la senda productiva a las exigencias de la financiera, llevando a una apropiación cada vez mayor del producto nacional para retribuir al capital financiero o, lo que es igual, a una autĆ©ntica expropiación financiera de las rentas del trabajo. Y que, ademĆ”s, se encuentra en el origen de la intensificación de la virulencia de las burbujas especulativas que degeneraron en crisis en Asia en el aƱo 1997, en Rusia en el 1998, en Argentina en 2001 y en Estados Unidos desde 2007, con el agravante de que esta vez, y por haber tenido su origen en el epicentro neurĆ”lgico del capitalismo financiarizado, dicha burbuja ha degenerado en una crisis global de magnitudes difĆcilmente mensurables aĆŗn.
Ante esta situación, y dada la falta de voluntad polĆtica del G-20 para proponer una transformación ni tan siquiera parcial del funcionamiento del sistema monetario y financiero mundial, se impone la necesidad de explorar nuevas alternativas. Una necesidad que es tanto mayor para aquellos estados que se encuentran mĆ”s comprometidos con el bienestar de sus ciudadanos que con la reanimación de un sistema financiero internacional que ha dado sobradas muestras de su naturaleza depredadora sobre dicho bienestar y de su tendencia autodestructiva en cuanto las fuerzas de la especulación se liberan mĆnimamente de las suaves regulaciones que tratan de contenerlas.
AsĆ, a nadie deberĆa extraƱar que en el marco de una iniciativa que ya fuera pionera en su momento en la bĆŗsqueda de unas relaciones económicas internacionales basadas sobre criterios de complementariedad, cooperación y solidaridad, como es la Alternativa Bolivariana para AmĆ©rica Latina y el Caribe (ALBA), se estĆ© fraguando la creación de un nuevo proyecto contrahegemónico, esta vez en materia monetaria y de ordenación de los flujos comerciales. En este sentido, si ya el ALBA fue un proyecto marcado por su fuerte carĆ”cter antiimperialista en un contexto de intensificación de los esfuerzos de Estados Unidos por crear una zona de libre comercio a nivel continental (el ALCA), la propuesta de creación del Sistema Unido de Compensación Regional de Pagos (SUCRE) planteada en la Cumbre del pasado 26 de noviembre por los paĆses del ALBA y Ecuador supone no sólo un importante avance en este proceso alternativo de integración, sino tambiĆ©n un medio para sacudirse la hegemonĆa estadounidense -y, por ende, del dólar- en sus relaciones económicas.
Esta propuesta tiene, no por casualidad, su inspiración Ćŗltima en el Plan Keynes, presentado por el economista inglĆ©s en Bretton Woods como alternativa al Plan White, representativo de los intereses de EEUU y que fue el finalmente aprobado y puesto a funcionar. Al igual que la Unión de Compensación Internacional que proponĆa Keynes, el SUCRE se basarĆa, por una parte, en la instauración de una unidad de cuenta comĆŗn o moneda contable (de mismo nombre que el Sistema, esto es, sucre) en la que se denominarĆan todos los intercambios comerciales y financieros. Y, por otra parte, en el establecimiento de una CĆ”mara de Compensación de Pagos en la que todos los paĆses mantendrĆan una cuenta denominada en sucres en donde se irĆan anotando todas las operaciones de exportación e importación entre los paĆses participantes durante un periodo determinado, a cuya finalización se procederĆa a la liquidación del saldo de cada uno de ellos con la CĆ”mara, ya fuera Ć©ste positivo o negativo.
Este sistema se completarĆa con la institución de un Consejo Monetario Regional encargado de gestionar el Sistema y con la creación de un doble fondo financiero constituido con aportaciones de todos los paĆses miembros. El objetivo de ese fondo serĆa doble. Por un lado, actuarĆa como fondo de reservas para dotar de la estabilidad financiera necesaria al Sistema y al sistema de tipos de cambio fijos alrededor del cual se formarĆa el sucre. Y, por otro, funcionarĆa como fondo de desarrollo para la canalización de recursos hacia proyectos productivos regionales que serĆan la necesaria base para impulsar la integración económica a la que el Sistema, en Ćŗltima instancia, aspira a promover.
En este sentido, el SUCRE no se trata simplemente de un mecanismo tĆ©cnico de simplificación de las transacciones comerciales intrarregionales sino que presenta ventajas económicas y polĆticas de importancia:
En primer lugar, la adopción de una unidad de cuenta comĆŗn supondrĆa una progresiva desdolarización de las relaciones económicas intrarregionales y serĆa, a su vez, el primer paso que permitirĆa avanzar, en un segundo momento, en el proceso de integración monetaria mediante la creación de lo que podrĆa llegar a ser una moneda comĆŗn con emisión fĆsica y circulación real.
En segundo lugar, la capacidad que tendrĆa cada paĆs de compensar multilateralmente los distintos saldos de su comercio permitirĆa una aminoración relativa de sus necesidades de financiación internacional, asĆ como una liberación parcial de sus reservas de divisas, dotĆ”ndoles de una mayor capacidad financiera. Evidentemente, esta ventaja se ampliarĆa a medida que aumentara el nĆŗmero de paĆses que se incorporasen al acuerdo.
En tercer lugar, supondrĆa un importante estĆmulo para potenciar las relaciones comerciales de unos paĆses cuyas economĆas han estado hasta el momento completamente orientadas hacia el Norte, favoreciendo el comercio dentro de la región y con ello, y siempre que Ć©ste se articule en torno a los principios que rigen el ALBA, el bienestar global.
Por Ćŗltimo, esta nueva orientación se apoyarĆa en el desarrollo de los proyectos financiados por el fondo que permitirĆan, no sólo enfrentar en mejores condiciones la caĆda de la demanda que van a sufrir estos paĆses como consecuencia de la crisis mundial, sino tambiĆ©n lograr un paulatino avance hacia una zona económica integrada de los paĆses del ALBA y Ecuador.
Pero, junto a todas estas ventajas, que no son ni pocas ni menores, el proyecto necesitarĆa tambiĆ©n dotarse de un elemento sobre el que Keynes asentaba la configuración de unas relaciones comerciales orientadas al desarrollo global y equilibrado mĆ”s que a la intensificación radical de la competencia y la lucha por el mercado mundial. En este sentido, el SUCRE, si aspira a realmente a convertirse en el motor de un proceso regional de integración comercial y monetario alternativo, tendrĆa tambiĆ©n que hacer suyo un mecanismo de estabilización interno que, como el mismo Keynes planteaba, evite la acumulación de saldos tanto deudores como acreedores de cada uno de los paĆses en la CĆ”mara de Compensación.
En efecto, en contra de la lógica impuesta durante dĆ©cadas por el FMI y el Banco Mundial, ese mecanismo de estabilización interno deberĆa estar orientado a tratar de evitar que el peso del ajuste del desequilibrio comercial de un paĆs deficitario con respecto al resto recaiga sobre el primero y, a tal fin, es necesario que el paĆs o los paĆses superavitarios se corresponsabilicen en igual medida en la restauración del equilibrio global. La mejor manera de lograr ese resultado serĆa instaurando un mecanismo que obligara a aquellos paĆses que presentaran en su cuenta en la CĆ”mara un superĆ”vit con respecto al resto que se ubicara por encima de un lĆmite prefijado a utilizar ese saldo excedentario en el estĆmulo de la demanda global. De esa forma, esos paĆses estarĆan obligados a destinar dichos saldos excedentarios a incrementar sus importaciones desde los paĆses deficitarios, a la financiación de proyectos productivos y de desarrollo en los mismos, o, directamente, a la ayuda internacional.
Para incentivar esta utilización de los fondos, se podrĆa aplicar ademĆ”s la propuesta de Keynes de establecer una tarifa que gravase los saldos excesivos, de forma que su mantenimiento en forma improductiva se viera penalizada; propuesta que, en su caso, tenĆa el objetivo de motivar los paĆses participantes a buscar un saldo equilibrado en su cuenta en la CĆ”mara.
Finalmente, hay que seƱalar que existe una importante diferencia en las condiciones de partida del SUCRE con respecto al Plan Keynes que provocan que aquĆ©l deba establecer algĆŗn mecanismo para blindarse. Y es que la Unión de Compensación Internacional de Keynes estaba concebida como un sistema cerrado en el que habrĆan participado todos los paĆses de las Naciones Unidas, pudiendo aplicarse el principio de la igualdad de crĆ©ditos y deudas y siendo imposible, por tanto, colocar fondos fuera del sistema. Sin embargo, el SUCRE serĆa un sistema cerrado dentro de otro abierto, el sistema monetario internacional, con la consiguiente vulnerabilidad del mismo antes intentos de desestabilización desde el exterior, ya sea por la vĆa de fuga de capitales como de especulación contra los tipos de cambio de las monedas que integran la cesta de donde nace el valor del sucre. Por esta razón parecerĆa del todo punto necesario el establecimiento de algĆŗn tipo de control sobre los movimientos de capital en los paĆses participantes –algo que, por otra parte, tambiĆ©n proponĆa Keynes en su sistema. Esa serĆa la Ćŗnica manera de asegurar la estabilidad de la unidad de cuenta comĆŗn sin tener que despilfarrar cantidades ingentes de divisas de manera infructuosa para ello.
De esta manera, el SUCRE se podrĆa convertir en una zona de seguridad monetaria que promoverĆa la reorientación del comercio hacia los paĆses miembros y la integración intrarregional bajo los mismos principios del ALBA, es decir, los de la complementariedad, la cooperación, la solidaridad y el respeto a la soberanĆa. Esto supondrĆa una alternativa con la que poder ejercer una relativa resistencia frente a la dictadura de los mercados financieros internacionales y abrirĆa el camino a seguir por otros bloques regionales en su bĆŗsqueda de independencia y soberanĆa respecto a las grandes divisas internacionales.
Ricardo Molero Simarro es investigador en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo de Redacción de la revista EconomĆa crĆtica y crĆtica de la economĆa (www.economiacritica.net)
Alberto Montero Soler (amontero@uma.es) es profesor de EconomĆa Aplicada de la Universidad de MĆ”laga. Puedes leer otros textos suyos en su blog "La otra economĆa".
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