EL CAMINO DE LA PAZ

EL CAMINO DE LA PAZ
Jorge Gómez Barata

COLOMBIA:

Parafraseando a un erudito, pudiera decirse que Colombia es una Irlanda de proporciones sudamericanas; dos naciones que hasta hace poco tenían en común ser escenario de antiguos, violentos y aparentemente insolubles conflictos armados. Aunque en Irlanda hubo más odio que en Colombia, los europeos encontraron el camino hacía la paz, los otros aun no.

En el Ulster, como también se le conoce, en un minúsculo espacio de unos 14 000 Km.² que cabe más de ochenta veces en Colombia, se solaparon conflictos coloniales y religiosos originados hace siglos por la dominación británica y los intentos por imponer una fe, fenómenos que condujeron a la división de la isla y de la comunidad del norte en dos facciones religiosas, protestante una y católica la otra.

Desde los inicios de la colonización británica, casi cuatrocientos años antes de que Colón llegara a América, hasta hace muy poco, los irlandeses reivindicaron su independencia, cosa que logró la parte de la comunidad que formaría la República de Irlanda y que no consiguieron los del norte que pasaron a formar parte de Gran Bretaña.

Para la solución de aquel conflicto se requirió la voluntad política de las partes que buscaron y obtuvieron la colaboración del gobierno de la República de Irlanda, que renunció a cualquier pretensión territorial o unificadora sobre Irlanda del Norte y del IRA que, después de décadas de lucha armada, accedió a un alto al fuego y luego renunció a la violencia. Los primeros ministros de Gran Bretaña y de la República de Irlanda, respaldados por el presidente Clinton no pusieron reparos para negociar con las fuerzas que habían sostenido la lucha armada. Por ese camino, en 1998 se firmaron los acuerdos de Stormont y más tarde se instauró el autogobierno de Irlanda del Norte.

El camino irlandés hacía la paz pasó por la convicción de los nacionalistas de que la lucha armada había agotado sus posibilidades y llegaba la hora de dar una oportunidad a la negociación política, al dialogo y a la paz; cosa alcanzada cuando el consenso político permitió: aislar los componentes del conflicto y resolverlos por separado, renunciar a reclamaciones territoriales, negociar un régimen autonómico para Irlanda del Norte, todo ello precedido de la decisión del IRA de cesar la lucha armada. En paz y sin las presiones de la violencia, no resultó imposible avanzar en los entendimientos entre las comunidades cristiana y protestante.

El curso irlandés no es una receta sino una evidencia de que, cuando las condiciones maduran, por difícil que parezca, es posible avanzar y alcanzar la paz; para lo cual se necesita voluntad política, buena fe y un apropiado clima de confianza.

El camino colombiano que tendrá que ser encontrado por los protagonistas del conflicto y por sus amigos, pasa por el consenso político de que la guerra no es viable y que quienes, desde ambos bandos la impulsan, han dejado de representar a las mayorías que desean la paz.

Lo principal es lograr que, en las partes involucradas, se abra paso una mentalidad que trascienda el conflicto y auspicie la paz. Quienes quieran llegar a ella en calidad de vencedores o pretendan utilizarlas para la revancha, de hecho, obstaculizan cualquier proceso; lo mismo ocurre con aquellos que pretendan descalificar al adversario o a priori excluyan a mediadores calificados y facilitadores aceptables para las partes.

En la presente etapa, cuando las gestiones auspiciadas por el presidente Chávez permitieron avances concretos, lo más importante es consolidar lo alcanzado, mantener la comunicación con todas las partes, sin permitir que se añadan nuevos elementos conflictivos, desactivar las diferencias surgidas entre Colombia y Venezuela y avanzar, tratando de aislar los diferentes componentes del conflicto para encontrarle soluciones viables, en primer lugar, a lo relacionado con los rehenes civiles.

El reconocimiento por las autoridades colombianas de la existencia del conflicto armado y de la beligerancia de las FARC, abriría el camino para que europeos y norteamericanos hicieran lo mismo, lo que contribuiría a crear un ambiente propicio y pudiera promover nuevos gestos respecto a la liberación de los retenidos.

En la etapa actual el papel de mediadores y facilitadores del diálogo puede desempeñar una importante función, no sólo para aproximar las posiciones de las partes, sino para ofrecer garantías, capaces de crear un clima de confianza necesario para dar paso al encuentro de la concordia nacional, para lo cual ambas partes deben comenzar por evitar, entre otras cosas, las exigencias maximalistas y los plazos perentorios.

Tal vez Colombia se encuentra en el minuto histórico en que no necesita un vencedor, sino una acción con la que ganarían todos: la paz.

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