EL RECREO DE LAS PALABRAS CONSTRUCTORAS
por, Melva Josefina Márquez Rojas
Parada del lado de afuera de las rejas de estambre veía la mujer su escuela pública, allí en la Kennedy. Era el tiempo del Grupo Escolar Nacional, de las batas blancas con cuello bebé y cinturón de la misma tela amarrado detrás de la cintura; era el tiempo de las ricas borrachas rellenas de ‘maicena’ y de los pasteles de a medio que aquella señora llevaba en su canasta de mimbre y siempre vendía por el lado de afuera de la escuela en la hora del recreo.
Nomás sonar el timbre, los niños soltaban el lápiz en la línea de la circunferencia y tomaban la arepita envuelta en el papel de aluminio y los más aventajados sacaban a relucir las monedas para irse a la cantina a formarse y comprarse el jugo con las empanadas o los pasteles de los que vendían en la escuela, no de los de la señora del pañuelo en la cabeza por el lado de afuera de la escuela.
El murmullo y los gritos no faltaban en el receso; jugar a la candelita o saltar la cuerda era algo cotidiano en aquel grupo escolar nacional. Los más camorreros se juraban guerra a la salida y con ella los mejores puestos para ver de cerca los golpes que se daban y oír de ahí mismo el eco entre costillas y espalda. Las maestras comentaban de la cotidianidad y se turnaban para vigilar los niños en el receso. Todo eso pasó por el claro de sus ojos al pararse afuera de las rejas de estambre de la escuela.
Nomás sonar el timbre para subir al aula, la algarabía no paraba. Todos desbandados gritando, chocando entre sí; unos sin terminar el desayuno, otros muchos sin haberlo probado pero a la espera del cuartico de leche del INN. Nunca el tiempo de recreo fue suficiente porque siempre querían jugar o hablar. Entonces la maestra de 3ro "A" gritaba y gritaba tratando de poner orden en aquel caos de los primeros minutos. Todos a formarse para caminar adelante y en orden. Tarea difícil para la maestra, muchas veces no podía y pedía refuerzos para encarrilar tanto loquito suelto que todavía seguía en el patio jugando sin sentirse aludido.
Entonces, mira alrededor, frunce el ceño y cruje su mente buscando palabras constructoras, de aquellas que le permitieron estar hoy del lado de afuera de las rejas de estambre. Ve un grupo de maestras allá hojeando su folleto de belleza para hacer el pedido y los niños acá cayéndose a golpes igual que antes; otros más modernos con sus celulares y niñas hablando del certamen de belleza, jugando a ser mujeres con apenas ocho años.
Las palabras no sé si las escondieron porque los folletos traen fotos de modelos y brazaletes de cacharel. Mientras, en la dirección de esa escuela hay un hombre que grita, habla, construye, agita sus brazos, sonríe y se decepciona porque esos folletos no enseñan a crear el hambre para ser mejores como humanos, sino otra hambre, la de los flashes y el verbo barbie. No bastan dientes con ganchos para ponerlos derechitos, ni unos zapatos chidos para que otros bajen la cabeza y se mueran de envidia -sobre todo si esos otros usan alpargatas o huaraches-; tampoco basta un celular con mensajes ilimitados ni una enciclopedia en línea que haga los deberes de la escuela. El hombre, de ojos chiquiticos por no dormir y sí sufrir por lo que no ve, sigue andando solo con su busaca de palabras e ideas eternas, muchas de sus maestras siguen comentando el último capítulo del culebrón del momento o sobre el lápiz labial que mejor les combina o la corbatica que mejor les combina para reducir el hampa; muchos otros utilizan las palabras no para construir sino para negociar y muchos más seguimos deleitándonos en el recreo sin ver que esa busaca de palabras constructoras se aleja cada vez más. Entonces, cuando suene el timbre quizás ya no será para subir al aula sino para volver a ser mudos.
melva.marquez@gmail.com
por, Melva Josefina Márquez Rojas
Parada del lado de afuera de las rejas de estambre veía la mujer su escuela pública, allí en la Kennedy. Era el tiempo del Grupo Escolar Nacional, de las batas blancas con cuello bebé y cinturón de la misma tela amarrado detrás de la cintura; era el tiempo de las ricas borrachas rellenas de ‘maicena’ y de los pasteles de a medio que aquella señora llevaba en su canasta de mimbre y siempre vendía por el lado de afuera de la escuela en la hora del recreo.
Nomás sonar el timbre, los niños soltaban el lápiz en la línea de la circunferencia y tomaban la arepita envuelta en el papel de aluminio y los más aventajados sacaban a relucir las monedas para irse a la cantina a formarse y comprarse el jugo con las empanadas o los pasteles de los que vendían en la escuela, no de los de la señora del pañuelo en la cabeza por el lado de afuera de la escuela.
El murmullo y los gritos no faltaban en el receso; jugar a la candelita o saltar la cuerda era algo cotidiano en aquel grupo escolar nacional. Los más camorreros se juraban guerra a la salida y con ella los mejores puestos para ver de cerca los golpes que se daban y oír de ahí mismo el eco entre costillas y espalda. Las maestras comentaban de la cotidianidad y se turnaban para vigilar los niños en el receso. Todo eso pasó por el claro de sus ojos al pararse afuera de las rejas de estambre de la escuela.
Nomás sonar el timbre para subir al aula, la algarabía no paraba. Todos desbandados gritando, chocando entre sí; unos sin terminar el desayuno, otros muchos sin haberlo probado pero a la espera del cuartico de leche del INN. Nunca el tiempo de recreo fue suficiente porque siempre querían jugar o hablar. Entonces la maestra de 3ro "A" gritaba y gritaba tratando de poner orden en aquel caos de los primeros minutos. Todos a formarse para caminar adelante y en orden. Tarea difícil para la maestra, muchas veces no podía y pedía refuerzos para encarrilar tanto loquito suelto que todavía seguía en el patio jugando sin sentirse aludido.
Entonces, mira alrededor, frunce el ceño y cruje su mente buscando palabras constructoras, de aquellas que le permitieron estar hoy del lado de afuera de las rejas de estambre. Ve un grupo de maestras allá hojeando su folleto de belleza para hacer el pedido y los niños acá cayéndose a golpes igual que antes; otros más modernos con sus celulares y niñas hablando del certamen de belleza, jugando a ser mujeres con apenas ocho años.
Las palabras no sé si las escondieron porque los folletos traen fotos de modelos y brazaletes de cacharel. Mientras, en la dirección de esa escuela hay un hombre que grita, habla, construye, agita sus brazos, sonríe y se decepciona porque esos folletos no enseñan a crear el hambre para ser mejores como humanos, sino otra hambre, la de los flashes y el verbo barbie. No bastan dientes con ganchos para ponerlos derechitos, ni unos zapatos chidos para que otros bajen la cabeza y se mueran de envidia -sobre todo si esos otros usan alpargatas o huaraches-; tampoco basta un celular con mensajes ilimitados ni una enciclopedia en línea que haga los deberes de la escuela. El hombre, de ojos chiquiticos por no dormir y sí sufrir por lo que no ve, sigue andando solo con su busaca de palabras e ideas eternas, muchas de sus maestras siguen comentando el último capítulo del culebrón del momento o sobre el lápiz labial que mejor les combina o la corbatica que mejor les combina para reducir el hampa; muchos otros utilizan las palabras no para construir sino para negociar y muchos más seguimos deleitándonos en el recreo sin ver que esa busaca de palabras constructoras se aleja cada vez más. Entonces, cuando suene el timbre quizás ya no será para subir al aula sino para volver a ser mudos.
melva.marquez@gmail.com
0 Comentarios